Madison Ivy vestido de gala

Musa de las Galas

 

Una mesa y dos sillas de madera bien basta con signos de antigüedad. Sobre un suelo del mismo material y una pared amarilla con imperfecciones que parece ser estuco de la mismísima Italia. En este escenario se nos presenta la preciosa Madison Ivy.

Con pelo liso de principio a fin, que se deja caer recorriendo toda la espalda. Ojos azules con un toque de verde, no había visto nada igual antes. El rostro bien maquillado, sin imperfecciones y dejando brillar la luz lo suficiente para tener ese color que la hace tan deseable. Esbozando una sonrisa con sus labios rojos pasión. Un collar de perlas rodeando su cuello. Un traje dorado embuelve a nuestro monumento de mediación de los senos hasta tapar las rodillas. Sin necesidad de mangas para sujetarlo firme. Abrochado con cremallera en la espalda, se basta de sus pechos y caderas para mantenerlo bien pegado al cuerpo, marcando curvas, sin nada que esconder. Es todo perfección. Tacones negros con cintas doradas y plateadas que se sujetan al pie.

Según pasa la noche, el calor va aumentando en la misma medida que la botella de vino desciende. En una habitación de mediados de siglo XIX, con paredes anchas y muebles de madera antigua, una belleza de valor incalculable siente como el calor se apodera de su cuerpo.

Agarra el traje a la altura de la cintura y con movimientos de dedos y muñecas muy bien combinados va levantándolo. Descubre las rodillas. Pero no se para, continúa subiendo el vestido. Muestra las piernas al completo, dos piernas que nacen en una hermosa cintura y acaban en unos preciosos tacones de color negro y agujas bien altas. Llegados con el vestido hasta pasar la cintura, decide ir más alla, no es suficiente, en esa habitación se desprende demasiada calor. Comienza desabrochándose la cremallera poco a poco, de arriba hacia abajo, con delicadeza. A la vez que la cremallera va cediendo, el traje va liberando sus curvas. Con un brazo se desabrocha, con el otro impide que el traje caiga por completo. La cremallera llega a su fin, ya no hay más camino que recorrer. Va dejando caer el traje al suelo, mostrando todo su cuerpo desnudo, sin nada que tape ni un centímetro de su belleza.

Con sólo el collar y los tacones ya sólo queda admirarla. Senos enormes y redondos. Cintura estrecha y cuerpo esculpido a base de ejercicio y dedicación. Para dejar paso a unas piernas que a pesar de su altura, bien podrían ser infinitas. Lisas, suaves, perfectas… hasta unos pies acordes a su cuerpo, preciosos.

¡¡Aquí la segunda galería de la perfecta Madison Ivy!!

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